Ikebana, el arte japonés del arreglo floral

Los ramos de flores no son iguales en todo el mundo. No todas las culturas quieren recibir un arreglo en el que haya muchas flores y pimpollos uno al lado del otro. En Japón, por ejemplo, suele haber pocas flores por cada arreglo floral y en general se prefiere que no tengan muchos colores llamativos.

El ikebana, el arte japonés del arreglo floral, parece casi purista. Su fundamento central es: mejor que el ramo o arreglo contenga pocas cosas pero que eso permita justamente observar en detalle cada flor y hoja en toda su belleza y eventualmente sus imperfecciones.

Sólo al observar bien un arreglo se reconoce la multiplicidad de formas, líneas, colores, texturas y tamaños que componen la singularidad de un ramo.

Los arreglos de ikebana suelen estar compuestos a base de unos pocos elementos ordenados siguiendo reglas muy estrictas.
Los arreglos de ikebana suelen estar compuestos a base de unos pocos elementos ordenados siguiendo reglas muy estrictas.

El ikebana es todo un arte, y en muchos sitios del mundo se dan clases especializadas. No sólo se trata de saber qué combinar y cuántos elementos incluir en un arreglo, sino también en qué posición colocarlos para su mejor observación.

Las reglas son claras. Existen tres niveles en toda creación: el cielo, la tierra y la humanidad. En la variante más sencilla del ikebana se toman sólo tres partes que se cortan teniendo en cuenta este principio y se colocan en un florero o cuenco. La parte superior simboliza el cielo, la media la tierra y la inferior los seres humanos.

Los principiantes pueden dar sus primeros pasos tomando por ejemplo tres tulipanes de diversos largos y colocarlos con ayuda de un kenzan (soporte) en un cuenco plano con algo de agua.

El material que se toma para estos arreglos debe provenir de lo que ofrezca la naturaleza en ese momento, ya que sobre todo el ikebana clásico pone atención en servirse de elementos de la estación en curso.

Algunos expertos dicen que el ikebana «se aprende con los pies«. El secreto está en salir y observar caminando qué es lo que ofrece la naturaleza.

El ikebana invita a maniobrar con las flores y plantas hasta que se encuentren en la mejor posición para su observación.
El ikebana invita a maniobrar con las flores y plantas hasta que se encuentren en la mejor posición para su observación.

A partir de una pauta elemental los artistas presentan arreglos de lo más diversos y hasta han llegado a hacer instalaciones para exhibiciones. Lo cierto es que el ikebana no es tanto un arte de arreglo floral sino un arte de diseño.

Las traducciones que se leen del nombre propiamente dicho son diversas, pero una de ellas es «flor viva colocada«. A partir de este arte se han formado escuelas y corrientes entre las que figuran el Sogetsu, que marca una línea más liberal y moderna que también incorpora materiales como el plástico o el metal y permite estilos vanguardistas.

Pero esas tendencias coexisten con otras líneas más tradicionalistas que forman parte del tronco principal de esta técnica.

Dentro de esa tendencia, es primordial que las plantas se encuentren en un contexto natural. Por ejemplo, les parece sumamente reprochable que los ramos que uno puede adquirir en una tienda no tengan hojas. En el ikebana las hojas de una planta son parte constitutiva del arreglo y deberían ser incluidas para que la flor se vea «tal como se ve en la naturaleza«.

Info: El ikebana surgió en el siglo VI o VII, en templos budistas y llegó a través de China a Japón. Allí sigue siendo habitual preparar este tipo de arreglos florales a modo de ofrenda. Primero hubo monjes que practicaban el ikebana. A ellos se sumaron después los samurai.

El arte del arreglo floral también formó parte de la formación que debía tener la nobleza en paralelo al aprendizaje de caligrafía y de las ceremonias relacionadas con el té. En el siglo XIX incluso pasó a ser una materia obligatoria para las niñas de Japón.

Simone A. Mayer (dpa)